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Del algodón al lienzo: el proceso del telar de cintura en Xochistlahuaca

Algodón hilado

En Xochistlahuaca, Guerrero, el tejido en telar de cintura es mucho más que una técnica para elaborar prendas. Es un conocimiento que se aprende, se practica y se transmite de generación en generación. Para comprender el valor de un textil amuzgo, es necesario mirar más allá de la pieza terminada y conocer el largo proceso que existe detrás de cada hilo, cada figura y cada lienzo.

El proceso puede comenzar incluso antes de que aparezca el telar: con el algodón. En la tradición textil de la región se han utilizado variedades como el algodón blanco, el algodón coyuchi —de tonalidades naturales que van del beige al castaño— y el algodón verde cultivado localmente. También pueden emplearse hilos de algodón industrial o mercerizado, dependiendo de la pieza y de la técnica.

Cuando se trabaja con algodón cultivado y destinado al hilado manual, primero se limpia y prepara la fibra. Después viene uno de los momentos más delicados: el hilado. Con el malacate, compuesto tradicionalmente por una pequeña pieza de madera y una jícara, la fibra se estira y se tuerce hasta convertirse en hilo. Victorina López Hilario ha explicado este proceso como parte esencial del nacimiento de una pieza: el algodón gira con el malacate y, vuelta tras vuelta, adquiere la torsión necesaria para transformarse en hilo de urdimbre y de trama.

El siguiente paso es preparar la urdimbre, es decir, el conjunto de hilos longitudinales que constituye la estructura sobre la cual se construirá el tejido. Los hilos se acomodan y cruzan utilizando estacas, una horqueta o un bastidor, según el procedimiento empleado. En esta etapa se determina el ancho y el largo del lienzo y se organizan los colores que formarán la base del textil.

Con la urdimbre preparada comienza el montaje del telar de cintura. A diferencia de un telar fijo, este instrumento aprovecha el cuerpo de la propia tejedora para mantener la tensión: uno de sus extremos queda sujeto a un punto fijo —como un árbol, una pared o una estructura— mientras el otro se conecta mediante una correa o mecapal a la cintura de quien teje. De esta manera, la artesana puede controlar la tensión del tejido con los movimientos de su propio cuerpo.

El telar está formado por diferentes elementos de madera y otros accesorios que permiten separar, levantar y mantener ordenados los hilos de la urdimbre. Entre las herramientas documentadas en la tradición textil amuzga se encuentran el telar de cintura, el urdidor, la devanadora, las agujas y el malacate. Durante el tejido también intervienen elementos como la vara de paso y el machete, una pieza de madera utilizada para acomodar y compactar la trama.

Entonces comienza el tejido propiamente dicho. La tejedora introduce la trama de manera sucesiva entre los hilos de la urdimbre y, con el machete, aprieta cada pasada para darle firmeza y uniformidad al lienzo. Este movimiento se repite una y otra vez, mientras la artesana regula constantemente la tensión con su cuerpo. El resultado no aparece de inmediato: se construye lentamente, línea por línea.

Pero es precisamente durante este proceso donde el textil comienza a adquirir su carácter particular. En el brocado, por ejemplo, se incorporan tramas suplementarias que forman figuras sobre la estructura básica del tejido. La tejedora selecciona y manipula los hilos de manera precisa para construir flores, animales, figuras geométricas y otros motivos vinculados con la tradición y la cosmovisión amuzga.

La complejidad puede aumentar cuando se utilizan técnicas como la gasa. En Xochistlahuaca se documentan gasas sencillas y dobles, así como combinaciones de gasa y brocado. En trabajos contemporáneos, por ejemplo, se han registrado piezas elaboradas con gasa sencilla y tramas suplementarias discontinuas, así como textiles realizados con dos alzadores para producir una gasa particularmente fina.

Una vez terminado el tejido, el lienzo todavía debe convertirse en una prenda. Dependiendo del diseño, pueden elaborarse uno, dos o tres lienzos y posteriormente unirlos mediante trabajo de aguja. En los huipiles amuzgos esta unión puede realizarse mediante randa, una labor que también forma parte del lenguaje técnico y ornamental de la pieza. Los extremos pueden bastillarse o rematarse, y algunas prendas incorporan flecos u otros acabados.

Así concluye un proceso en el que cada etapa depende de la anterior: el algodón se transforma en fibra; la fibra, en hilo; el hilo, en urdimbre y trama; y estas, en un lienzo que finalmente se convierte en una prenda. Pero el resultado es mucho más que una suma de materiales y técnicas. En cada pieza permanece una parte del conocimiento de quien la elaboró.

Por eso, cuando observamos un textil amuzgo de Xochistlahuaca, no vemos únicamente colores y figuras. Vemos horas de trabajo, conocimiento transmitido entre generaciones, creatividad, memoria e identidad. El telar de cintura continúa siendo, en manos de sus tejedoras, una herramienta para preservar una tradición viva y, al mismo tiempo, para crear nuevas formas de contarla.

Cada pieza comienza con un hilo. Pero la historia que cuenta comienza mucho antes.